Con la declaración de anormalidad académica se busca que la comunidad universitaria concurra a un esfuerzo político común. Pero lo cierto es que en las experiencias que hemos tenido nos hemos encontrado con que eso no sucede, la medida es ineficaz; no logra revertir la inercia de la apatía reinante en los asuntos que requieren de esfuerzos políticos; como la asistencia a asambleas, las representación estudiantil o la lucha por la ampliación efectiva de espacios democráticos institucionales. Lo anterior es en parte consecuencia de la entrada en la universidad de un nuevo tipo de estudiante que obedece a otras dinámicas de integración social, lo cual sugiere la necesidad de estudio y práctica de nuevas formas de activismo.
Reconozcamos sin miedo y con sinceridad que esta medida no funciona. Por el contrario, lo que además resulta paradójico, es que la Asamblea se ve avocada a la circunstancia de tener que imponer el ejercicio de un derecho a quienes han renunciado con su actitud apática a ejercerlo. Los desacuerdos y los antagonismos por opiniones diferentes que surgen sobre esta medida tan controvertida generan confrontación en el seno de los estudiantes. La tensión entre el derecho a estudiar y el derecho de participar activamente de los asuntos de la universidad dividen al estamento estudiantil, llevando la polarización a extremos radicales de confrontación que es inaceptable para la buena marcha del movimiento.
Las observaciones anteriores apuntan a plantear un método alternativo a la anormalidad académica, básicamente, que esta solo tenga efectos solo sobre los estudiantes que efectivamente participen de actividades políticas, en nuestro caso actual, de la reforma al reglamento estudiantil de pregrado, y no sobre la totalidad de los estudiantes como actualmente se hace. Lo anterior no debe ser interpretado más que como una posible solución pragmática dentro del contexto actual, cuyo único objeto es superar la polarización mencionada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario