miércoles, 1 de diciembre de 2010

El fin del tropel



Por: Eufrasio Guzmán Mesa

Tomado de: www.udea.edu.co/
Miembro de la Asociación de Profesores

La valoración que he encontrado en muchos universitarios sobre el tropel se resume en la expresión de una funcionaria del bloque administrativo: “Qué bueno que están intentado hacer algo con el tropel, mi sueño es no volverlo a ver y padecer, cómo va a ser que, después de más de 30 años, yo me vaya a ir de la Universidad sin verle el fin al tropel”.


Debo afirmar que el fin del tropel es un sueño, un anhelo de muchos universitarios y el fin del tropel es una necesidad de la Universidad de Antioquia y yo diría que muchas otras universidades públicas de nuestro país tienen la necesidad urgente de asistir a una cualificación de la protesta estudiantil. Yo se lo repito a mis alumnos y a quienes tienen que recurrir a las capuchas para proteger su identidad y que participan en los tropeles con la fuerza pública: El tropel al único sistema que pone a temblar es al sistema límbico de los universitarios pues unos pocos se emocionan con esa forma violenta de manifestar presencia y otros tienen que huir para desahogar el miedo.

El tropel es una forma muy primaria de protesta y tiene poco alcance político, pobre valor didáctico y sí tiene una responsabilidad en el daño a la Universidad. En la búsqueda de un pacto que erradique la violencia con frecuente muchos egresados me abordan y me dicen: “Profe hay que hacer algo porque me ha ido mal con los empleadores”. La visión que la sociedad tiene de nuestra Universidad y de sus egresados está muy lastimada por los actos violentos y casi todos estamos afectados por varias formas de la violencia, tropeles de izquierda, amenazas de ultraderecha, oportunismo delincuencial. Pienso que hay además en muchos universitarios una suerte de actitud negativa que entorpece todo.

Para los radicales que defienden el tropel este argumento de las oportunidades de empleo es débil, piensan que quien busca trabajo termina siendo explotado, tienen en su imaginario para el empleado la apariencia de un enemigo de clase y opinan que el fin del tropel es hacer la revolución. Lo que yo le quiero decir a estos jóvenes del tropel es que los cambios que la sociedad colombiana requiere en la tenencia de la tierra, el acceso a la propiedad de los medios de producción y a una política de salud y educación para la vida buena, hay que hacerlos por una vía democrática y pa cífica como se están haciendo en varias naciones de nuestro continente.

La violencia inherente al tropel y a la acción armada no hace más que alimentar el odio de clase. El surgimiento del brutal paramilitarismo en Colombia sería inexplicable sin las bandas de insurgentes secuestrando y extorsionando a pequeños, medianos y grandes propietarios. Si bien la inequidad y la explotación del trabajo entrañan una suerte de violencia, el responder a ella con más violencia no hace más que elevar la espiral de crueldad, dolor y muerte.

Es parte del proceso evolutivo humano el que hayamos interpuesto la cultura a la naturaleza, la cultura ha sido la herramienta humana para no sujetarse a la fuerza, en ocasiones ciega, de la violencia propia de ciertos procesos naturales. Es parte de nuestra capacidad humana de diálogo no oponer al grito otro grito mayor; si alguien me grita y yo le respondo en voz baja la espiral del grito por lo menos no crece más. Esto es una analogía, pero es válida para analizar la violencia y creo que se aplica al movimiento estudiantil.

Como lector recreativo de biología considero que la protesta juvenil es parte sustantiva de la renovación de la sociedad humana, una sociedad sin jóvenes introduciendo fuerza y renovación vital envejece y claudica. Y ya que lo menciono hay un sector del movimiento estudiantil que se ha visto acallado y neutralizado por efecto del tropel. Creo firmemente que lo mejor y más vigoroso del movimiento estudiantil en mi universidad es civil, humanista, serio, comprometido pero está aterrorizado.

En nuestra universidad hace un año circuló una carta de amenaza a las mesas de trabajo y a los líderes estudiantiles civiles, responsables del movimiento y la amenaza partió de paramilitares: “Tienen una semana para desaparecer o los desaparecemos”, decía el panfleto de las AUC “contra 30 líderes estudiantiles de nuestra Universidad de Antioquia”. Otro que conocimos luego acentuaba esas amenazas: “Somos un grupo de paramilitares en la Universidad. Tenemos plenamente identificados a los tropeleros que quieren imponer un discurso comunista en Colombia”. No sobra recordar que entre 2006 y 2008 se presentaron en la Universidad Nacional más de 300 amenazas de muerte provenientes del mismo grupo armado, contra alumnos y profesores, y otras parecidas en las universidades de Magdalena, Atlántico y Córdoba, esta última en ese entonces bajo la férula de Salvatore Mancuso. (El Espectador, 27-1-10).

Esos paramilitares que amenazan recientemente el tropel y la protesta violenta son los mismos que en el pasado han asesinado estudiantes valientes y a más de una decena de profesores irremplazables, como Héctor Abad o Hernán Henao. El asunto es si la memoria de estos universitarios la vamos a exaltar con tropeles violentos o con actos civiles, con investigación y denuncia, con ocasiones para que los miembros jóvenes de la universidad de cualquier carrera tengan la oportunidad de conocer la historia de su país y el papel que la universidad pública ha jugado en el pasado, juega ahora y puede seguir jugando en la realidad colombiana. Todo esto me lo pregunto cuando pienso en la Misión de la Universidad de Antioquia y en la Misión de la universidad pública en Colombia. Ahora que hablamos de Ley 30 somos conscientes del papel de los recursos pero no estamos pensando asuntos importantes: el estatus, el campus universitario como espacio público: ¿Es un domicilio o es un lugar público? Ya los jurist as nos ayudarán con esta y otras preguntas. Pero es claro que el manejo de los usos y abusos en el espacio físico de la universidad se basará en alguna definición en este delicado punto.

Vuelvo al tropel y quiero invitar a que hagamos un debate e intentemos un pacto por la paz y la convivencia; creo que es posible pensar la universidad pública como espacio para protestar, denunciar y estudiar la injusticia y el abuso. La duda que tenemos muchísimos universitarios es si el tropel o la acción violenta ayuda o daña esa tarea de saber y explicar o si lesiona muchas otras faenas. Invito a que hagamos esa discusión, como Sócrates y como Platón, nuestros maestros, estoy dispuesto a rendirme ante los mejores argumentos y si tengo un error y pierdo, pues gano, eso me lo ha enseñado la filosofía.

Si en una discusión civilizada me demuestran que el tropel es valioso yo estaría dispuesto a admitir que el tropel tiene un fin si fuera noble, altruista, correcto políticamente, justificable humanamente, y eso podría ayudar a reconocer que hay un buen fin. Por lo pronto y para empezar la discusión yo afirmo que el tropel es una forma muy pobre de protesta, que no deja nada, sólo humo y destrucción de bienes, que le sirve a los grandes enemigos de la universidad y de la democracia para desconocerla o minimizar sus logros y a los egresados como el que menciono, para entender por qué no le reciben su hoja de vida cuando dice que es de la Universidad de Antioquia.

En el tropel hay mucho de instintivo, de gregario, de comportamiento de masas, algo se pone en movimiento de manera automática en él, aún sabiendo el daño profundo que le produce a la universidad, el sólo contemplarlo emociona a muchos, un poco quizá por esa fascinación oscura que ejerce en muchos la muerte y la violencia. Es hora de que pensemos esto tan sencillo, está en juego un problema de sentido y significado de los actos que desarrollamos como universitarios para hacernos mejores y hacerla mejor. Un tropel lo silencian con balas de gomas, gases y daños a las personas, en cambio una nación unida, trazando su futuro desde las prácticas democráticas, el conocimiento y el saber no la para ninguna dictadura, eso lo saben todos los dirigentes pero parecen olvidarlo los violentos de la brevedad.

Creo que si se aclara para los universitarios el fin del tropel estaremos asistiendo a lo que esa servidora de la universidad sueña: el fin del tropel que la ha hecho sufrir tanto por más de 30 años. Esto es una tarea de todos. Conversemos, dialoguemos para saber si el sufrimiento que le infieren a la comunidad universitaria tiene sentido. El pacto pensado como redes de conversaciones que se extienden y enfrentan la violencia es una nítida expresión de un pluralismo que fortalece la democracia, la universidad y el sistema de la universidad estatal como casa del conocimiento y la diferencia.

Medellín, 21 de abril de 2010

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